Muchas veces en el colegio -en mis años de estudiante- nuestros profesores nos hablaban de la fortaleza que podiamos contemplar en lo alto de la Peña de Martos. Ciertamente estas historias estaban envueltas en el mito y las leyendas que circulan por el pueblo a propósito de los hechos que supuestamente pudieron ocurrir en tiempos en aquel castillo.
De todos es conocida la historia de los Carvajales y de la muerte en del rey emplazado por estos últimos, de la abigarrada defensa que las mujeres hicieron de la fortaleza ante un ataque a la fortaleza -ya la cuestión sería saber si las tropas invasoras eran musulmanas o cristianas, pues de ambas versiones he oido-, y, en fin, de incontables hechos gloriosos ocurridos en nuestra localidad y de los cuales el castillo tenía un papel protagonista en la historia.
Con el paso de los años descubres con decepción que todas estas leyendas y relatos heróicos no dejan de ser eso: un puñado de cuentos de viejas e historias tomadas de la rica literatura ibérica y convenientemente adaptadas a los localismos tuccitanos. Pero hubiera estado muy bien que estas historias fantasticas hubiera conducido a los vecinos de nuestra localidad y por supuesto a los que ejercian cargos públicos a conservar estas reliquias históricas, patrimonio de todos, y de una importancia de la que, a lo que se ve, ahora nos estamos dando cuenta.
No soy un marteño “de toda la vida”, como gustan de expresarse nuestros convecinos, pues llegue a este pueblo hace unos veintitantos años. Pero he contemplado con horror como el deporte nacional de los marteños era acabar con todo lo que pudiera oler a historia o a patrimonio cultural, excepto el pachangeo que era considerado “emblemático y tradicional” nada más haber acabado de celebrarse el primer año. Eso último si que es de este pueblo, ¡por desgracia!.
Por lo reducido de mi estancia en Martos y de lo que puedo recordar enumeraré algunos casos que considero significativos: la portada de la Iglesia Parroquial de Santa Marta -que ahora algunos ignorantes insisten en decir que era de escayola, ¡bendita estupidez!, la portada del ayuntamiento de martos, que gracias a que los últimos alcaldes han hecho un esfuerzo por conservar, aunque a veces no con demasiado acierto, pero al menos hay que agradecerles el interés, la iglesia de Santa Maria, un autentico tesoro para todos los marteños, hoy tristemente desaparecida, aunque sustituida por otra de corte más moderno y aún es su magnificencia no alcanza la riqueza y majestuosidad de la que me cuentan era la iglesia primitiva, el palacio de los marqueses de Blancohermoso, palacete en cuyo interior se podian hayar grandes tesoros artísticos, la capilla de Jesús, actualmente en rehabilitación por la oportuna y eficaz intervención de un sacerdote de Jodar al que Martos deberá de estar eternamente agradecido, una capilla de marmol rojo que me cuentan existia en la calle puerta de Jaén, en donde actualmente podemos encontrar unas cocheras con el techo de plástico: ¡muy útil!, los incontables tesoros que albergaba la iglesia parroquial de Santa Marta, de Santa María o de San Amador, los blasones de piedra que adornaban las casas de la calle Las Huertas, la magnifica fuente de la villa, hoy desaparecida -al parecer soterrada y mutilada-, la conocida fuente nueva, que afortunadamente podemos admirar hoy en la avenida Pierre Cibié, pero que hace pocos años descansaron sus piedras en un vertedero, los magnificos mosaicos encontrados en la avenida de los olivares, enfoscados y seguramente destrozados por los cimientos de las actuales edificaciones y, por tanto, perdidos para siempre, más restos romanos encontrados en las inmediaciones del conocido arroyo que cruza Martos y, como no, el Castillo de la Peña que sufrió durante años el maltrato de muchos desaprensivos. Bueno, ¿para que seguir?, estoy seguro de que muchos de los que me lean podrán recordar más ejemplos de este deterioro.
Y bueno, aunque se dice que más vale tarde que nunca, ya podrían haber caido en la mente y la sensibilidad de nuestros convecionos este afán por recuperar nuestra historia, nuestro patrimonio, en fin, nuestro legado cultural. Ya el destrozo se me antoja irreparable, aunque aplaudo entusiastamente las iniciativas de los responsables de nuestro ayuntamiento por intentar restaurar y conservar algo de este patrimonio, pongo por ejemplo las torres de la antigua muralla que protegia a nuestra localidad.
Siento una sana envida por localidades como Alcaudete, en que siendo una ciudad de mucha menos entidad que Martos ha sabido, sin embargo, proteger con eficacia su legado y su patrimonio cultural para que pueda ser disfrutado por la generación actual y por las generaciones futuras, amen del provecho que puede ser extraido a resultas del turismo cultural para la ciudad.
Espero que estas nuevas generaciones, en teoria mucho mejor preparadas -aunque a veces lo dudo- sepan enorgullecerse por el legado de las generaciones pasadas y empleen todos los recursos a su alcance para perpetuar este patrimonio a las generaciones venideras.
En cualquier caso, personalmente aplaudo la iniciativa que se esta llevando a cabo por algunos marteños por intentar recuperar en la medida de lo posible algo de este patrimonio perdido -en particular la fortaleza de la Peña-, y animo a todos los habitantes de Martos a que secunden esta iniciativa, a fin de que pueda llevarse a cabo con éxito.